Una vida en el control de plagas | Desinfestados

Una vida en el control de plagas

    

Una vida en el control de plagasEs curioso que un veterinario se haya dedicado a matar bichos. Todo comenzó con las 400 cartas (c.v.) que envié a la finalización de mi licenciatura para encontrar trabajo. Como lo que me interesaba era la técnica loboratorial, busqué en Páginas Amarillas laboratorios que más o menos se acercaran a mi especialidad de bacteriología clínica o de bromatología aplicada.

Una de ellas cayó en un Laboratorio al que le interesó mi licenciatura y que me llamó a principios de un mes de noviembre de hace casi 30 años. Nervioso me dispuse a acudir a la entrevista. Fue complicado encontrar el “laboratorio” ya que la dirección ya de por sí chocaba: Barrio de la Concepción C/ Virgen del Cortijo o La Colmena, como los madrileños conocemos a los edificios “emblemáticos” que han hecho característico a ese bario al pie de la M-30.

En la puerta de un minúsculo local a los pies de una de las colmenas se podía leer en un cartel  “Laboratorios Corpesa Centro”. El local era dantesco, una pequeña habitación de entrada daba paso a un altillo donde una persona, detrás de un pintoresco escritorio, con pinta de mafioso de película,  esperaba para hacerme la entrevista. Se trataba del gerente del “laboratorio”, un tipo bajito, barrigón, medio calvo por delante y una coleta que recogía sus últimos pelos de la corinilla de color gris sucio. Este personaje pintoresco, antiguo vendedor de cacerolas de una multinacional americana, se haría famoso en poco tiempo.

La entrevista me confundió al principio; si lo que están buscando es un veterinario para el “laboratorio” del cual no sabía nada, ni en donde estaba, pues era evidente que ahí no,  ni  a que se dedicaba,  ya que solo veía carteles que lo único que hacían era confundirme más, ¿por qué me pregunta este barrigón desalineado si sabía escribir a máquina?. En pocos minutos dejó caer para qué quería un veterinario  y cuál era la actividad “investigadora” de aquel peculiar “laboratorio”:  Su hermana, que al mismo tiempo era su secretaria y que pertenecía a la enorme estructura de siete personas que integraban el total de trabajadores del Laboratorio Corpesa Centro, había causado baja por maternidad y el Señor Gerente necesitaba cubrir el puesto.

-Ya comprendo -le dije. ¿Y a que se dedica el “laboratorio”?

– Y sin mediar palabra me suelta: A MATAR RATAS.

Creo que por ambos descubrimientos se me quedó una cara de merluza recién sacada del Cantábrico, que ya le gustaría al Arguiñano para prepara un buen cogote de ídem.

Bueno,  las cosas no estaban para dar esquinazo a ningún trabajo así que le pedí un par de días para pensarlo.

Como durante mi etapa de guerrero haciendo la mili en el cuerpo de Veterinaria, gestioné el “control de plagas”  en  los cuarteles de la Unidad Balear, llame al Capitán Veterinario del cuartel donde serví a la patria e intenté recordar los principios activos que utilizábamos en aquellas misiones de combate. La intención era que muy a pesar de servirle al gordinflón de secretaria (incluso teniendo en cuenta que no daba bien a ninguna letra de las máquina de escribir (de carro) ya que por aquellos entonces solo tenían ordenadores la NASA) intentaría disuadirle en su intención de darme ese trabajo y me colocara en una posición más cercana a lo que un veterinario puede hacer en una empresa que mata ratas que no es ni más ni menos que matarlas.

Durante la segunda entrevista mantuve con él una interesante conversación científica acerca de los plaguicidas. Me interesé  por el tipo de rodenticidas utilizados, le pregunté si eran de la familia de los cumarínicos o de los idandionicos, el Mister me contestó que ellos utilizaban el raticida Azul, el Rojo y el Amarillo y para matar a los bichos de las cafeterías y de los bares un bote rojo con banda blanca que los mata “muy mucho”. Ese era el nivel de la empresa que hacía el control de plagas del Ayuntamiento de Madrid en aquellos entonces.

Esto me dio alas. Vi inmediatamente la oportunidad profesional.  Aun más cuando me informé de que no existían veterinarios dedicados a desarrollar su profesión en el sector.

En poco tiempo me dieron el puesto de Supervisor de Servicios, no sin antes verme las caras con alguna pequeña ratita de medio kilo.

Comienza a sonar en Corpesa el nombre de Pronatur.  Sin yo saber, los acontecimientos que iban a producirse en breve, me iban a empezar a acercar a Rentokil.

Fin de la primera parte

Comentarios
  1. Belén

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