Me pareció haber visto un lindo conejito… | Desinfestados

Me pareció haber visto un lindo conejito…

    

Ya es frecuente la presencia de estos pequeños mamíferos en cualquier lugar, no solamente en el campo sino en medios más urbanizados. ¿Podemos hablar de plaga?. Si nos atenemos a la definición de plaga según la Real Academia de la Lengua, sería aquella aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños a poblaciones animales o vegetales.

Cuando traté el tema de los topillos en marzo, veíamos que la Administración consideró claramente a dichos roedores como una plaga poniendo los medios necesarios para tratar de controlarla. Sin embargo, todas las noticias de conejos se refieren a los mismos como plaga pero por el contrario, la Administración no lo ha tratado como tal.

El hábitat del conejo se extiende por la práctica totalidad del territorio nacional pero la densidad de sus poblaciones ha oscilado tanto que en pocos años ha pasado de planes de reintroducción para salvar la especie a combatirlos con permisos especiales para su descaste, muchas veces sin término medio.

Pocas especies animales tiene la capacidad de pasar de la casi total desaparición en algunas zonas concretas a convertirse en una plaga difícil de controlar en pocos años.

Y es que si algo ha caracterizado a esta especie es su capacidad reproductiva y de adaptación al hábitat, capaces de colonizar nuevos territorios en periodos de corto de tiempo. No obstante es de las pocas especies de vertebrados en el reino animal que la hembra puede estar receptiva en cualquier época del año. Esta capacidad de reproducción es la que ocasiona que se hable de plagas de conejos que, unido a su voracidad y su predilección por los brotes tiernos de los diferentes cultivos agrícolas (como cebada, trigo, etc.), ocasionan numerosos daños en la agricultura.

Ejemplo cercano lo tenemos en estos momentos en los campos de Castilla donde los agricultores temen por sus cosechas.

Por lo general, la medida más adoptada es la de solicitar permisos especiales de caza para reducir su número. En ocasiones, utilizando una modalidad de caza sin muerte, se capturan conejos para llevar a otros territorios donde su presencia está en peligro.

Se cree que las poblaciones se autorregulan y cuando alcanzan un número excesivo frenan su nivel reproductor ya que depende en gran medida de la disponibilidad de alimento. Sin embargo, al margen de esta autorregulación, la especie tiene otras amenazas que han llevado en ocasiones a la casi total desaparición de este mamífero lagomorfo. No se trata de sus depredadores naturales sino de auténticas epidemias capaces de diezmar sus poblaciones en breve espacio de tiempo.

En los últimos años la mixomatosis y la neumonía hemorragicavirica llegaron a poner en seria amenaza de desaparición a la especie y por consiguiente a algunos de los depredadores más emblemáticos de nuestra tierra, que se alimentan de ellos, como el águila imperial y el lince ibérico.

A una persona como yo que se ha criado en un pequeño pueblo segoviano rodeado de naturaleza, amante de sus pinares y agricultora de corazón por ser la profesión de mi familia desde tiempos ancestrales, adoptar una decisión a favor o en contra de esta especie me resulta bastante difícil.

Los agricultores alzan la voz porque los daños de esta especie amenazan su forma de vida, sin embargo no se puede erradicar por cualquier sistema y a cualquier precio. Propuestas para combatirlos mediante infecciones víricas olvidando los errores del pasado que produjo la mixomatosis nos pueden llevar no sólo a la extinción del conejo sino a una alteración profunda del ecosistema que termina por afectar al entorno.

En el mismo sentido hay que censurar a quienes por un afán cinegético o comercial han soltado ejemplares híbridos vacunados que están imponiéndose al conejo autóctono al tiempo que eliminan los depredadores de sus cotos para terminar una mañana de domingo con más piezas en el morral.
Y los ecologistas, que en ocasiones ponen la defensa de los derechos de los animales por encima de los de las personas, tampoco están libres de pecado ya que olvidan que los daños que producen los conejos no son en los cultivos sino en la economía familiar de quienes trabajan y además cuidan el campo.
Por ello sólo sentándonos todos los implicados podremos alcanzar una solución que quizás sea tan simple como tener paciencia dejar actuar a la madre naturaleza que ella sola encontrará el equilibrio, seguro que aunque lenta, antes que nosotros.

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