Los mosquitos de "El Ceibal" | Desinfestados

Los mosquitos de “El Ceibal”

    

Llegar a la zona arqueológica de El Ceibal, en la selva del Peten guatemalteco no es (o era cuando estuve allí) tarea fácil. Primero hay que llegar hasta Sayaxché, población que algunas guías la definen como “poblado inhóspito”,  entre otras cosas porque la “carretera” se terminaba allí, la frontera mejicana discurre cercana y  paralela al río Salinas y también porque durante la cruenta guerra que asoló el país, las fuerzas paramilitares se aplicaron a fondo en esa zona.  En fin, hacia un par de años que la situación política se había calmado y decidimos realizar un viaje por este fantástico país.

Una vez en Sayaxché había que remontar el río de la Pasión para poder llegar a El Ceibal, nuestra primera intención era continuar por el rio Salinas, cruzar la frontera y visitar otra zona arqueológica ya en la zona mejicana, pero viajeros más experimentados que nosotros nos lo desaconsejaron encarecidamente; así que esta etapa del viaje finalizaría ante las imponentes ruinas y naturaleza de El Ceibal. Para los que nunca habéis estado en una selva tropical, simplemente deciros que aquí todo es exuberante: la temperatura, las lluvias/humedad, las plantas, los monos aulladores (que te mean desde los arboles para marcar su territorio)….. y los mosquitos, que en esta zona son de la especie aedes y portadores del dengue.

Al llegar a la entrada nos encontramos con los guardas de la ruinas que llevaban unos curiosos calderos de cobre con brasas de  raíces y hojas en su interior, una vez realizados los trámites para poder realizar la visita, nos ofrecieron por una módica cantidad un caldero a cada uno, son para los mosquitos, nos dijeron, este humo es lo único que los espanta, apostillaron. Nuestro orgullo del primer mundo,  nuestra experiencia como “avezados” viajeros y  la capa de repelente occidental que nos habíamos aplicado a dosis casi letales nos obligaron a declinar el ofrecimiento, muy a pesar de que el dinero que nos pedían era realmente ridículo. Nos insistieron muchísimo, para llegar a la zona principal de las ruinas había que dar una larga caminata por una trocha abierta en la selva y ese era el territorio de los mosquitos.  Seguimos negándonos pensando que lo que querían era sacarse más un dinerillo extra  que lo que realmente nos ofrecían: un consejo experto para mantener a los mosquitos alejados. Finalmente alquilamos un caldero para todo el grupo, y nunca olvidaré la expresión de incredulidad que se les quedo en la cara a los guardeses, ¡no comprendían como no hacíamos caso a sus consejos y solo cogíamos un caldero para 14!

Apenas nos internamos en la selva, empezamos a dar manotazos al aire y a golpearnos frenéticamente cara y cogotes, nos picaban a través de las camisas, se nos colaban por los pantalones, sus zumbidos parecían una escuadrilla de Stukas de la II Guerra Mundial, nos rodeaban y acosaban por todas partes…… menos por donde estaba el caldero milagroso. En unos minutos nos enfrascamos en una competición sin cuartel para ser el portador del  humeante caldero salvador.

Si nos picaban sin piedad a pesar de los litros de repelente que nos habíamos aplicado, imaginaros que ocurría en aquellas zonas que no habíamos protegido bien (detrás de las orejas, por ejemplo) Y a todo esto había que estar pendiente de esquivar las meadas que nos lanzaban desde sus refugios arbóreos los monos aulladores. Por fortuna la Madre Naturaleza  nos echaba una mano de vez en cuando en forma de pertinaz lluvia que hacía que los mosquitos se refugiaran bajo las hojas, pero apenas escampaba volvían a su endiablado ataque.

Dos anécdotas para finalizar el relato: la primera protagonizada por mí: en mi afán por filmar a los monos aulladores, abandoné el sendero y me introduje en la espesura  de la selva agudizando mi vista para localizar a los dichosos monos, si bien lo único que veía eran sus meadas. Probé a buscarlos a través del zoom de la cámara y ante mi pavor vi como la lente enfocaba a unos mosquitos “gigantescos” volando directos hacia mi frente, me hicieron un punteado fino justo en el nacimiento del pelo…..

La otra la protagonizó una de mis amigas; en mitad de la caminata tuvo unas ganas imperiosas de hacer pipí, con el riesgo consiguiente de exponer determinadas zonas de su cuerpo a la acción de los mosquitos, por mucho que intentamos convencerla de los peligros que suponía realizar su acto fisiológico, las ganas y necesidades eran mayores y finalmente cedió a la presión de su vejiga. Intentamos protegerla todo lo que pudimos pero….. no hace falta que os describa como terminó su culo.

Poco antes de llegar a la zona arqueológica las brasas del caldero se apagaron, el área  estaba deforestada y la presión de los mosquitos era mucho menor, la visita a El Ceibal cumplió con todas nuestras expectativas……. pero nos quedaba el viaje de regreso a la barcaza en el río!!!

Comentarios
  1. MERCEDES
  2. Socayo

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