Juan, la mosca y el pincho de tortilla (epílogo) | Desinfestados

Juan, la mosca y el pincho de tortilla (epílogo)

    

Juan no fue a trabajar al día siguiente, dos días después le diagnosticaron una gastroenteritis aguda producida por una intoxicación alimentaria; la alerta que despertó generó una inspección sanitaria de La Esquinita y su famoso pincho de tortilla.  Como sabéis la legislación obliga a bares y restaurantes a utilizar una crema de huevo pasteurizada en lugar de los huevos frescos de toda la vida. Reme,  conocedora de esto siempre tenia un par de bricks de “huevina” por si las moscas, y los huevos  de verdad escondidos a buen recaudo en la taquilla del almacenillo. Se dio la circunstancia que en esos momentos había elecciones municipales a la vista y los inspectores tenían la consigna de extremar su celo en las inspecciones. Así que el funcionario de turno no se limitó a “pedir” los papeles y tomar algunas muestras de alimentos, si no que se empleó concienzudamente a la hora de aplicar todos los protocolos de inspección….. y los resultados fueron demoledores: los huevos ocultos y prohibidos por la legislación salieron a la luz, encontraron dos botellas de lavavajillas sin etiquetar en la cámara de las bebidas, el expositor frigorífico de la barra tenía el termostato averiado, el certificado de control de plagas caducado desde hacía 3 años, el cuarto de baño femenino carecía del pertinente cubo cerrado y la salida de humos no cumplía con las últimas disposiciones comunitarias,  lo que originó otra inspección par parte de Industria.  Eso sí, no encontraron ni rastro de salmonellas,  pero les multaron con 6.000€ y con un apercibimiento de cierre si en 2 meses no acometían una profunda reforma. Después de 28 años en el barrio La Esquinita tuvo que cerrar temporalmente.

Juan no volvió a pisar La Esquinita, de hecho, poco antes de la reapertura su banco fue absorbido por otro, y la sucursal en la que trabajaba se convirtió en un maxi-chino. A Juan le trasladaron a la otra punta de la ciudad, le cambiaron de negociado poniéndole de cara al público y encima su nuevo jefe era un mastercito recién salido de la escuela de negocios, bastante trepa y empeñado en  demostrar que todas las “viejas glorias” del banco adquirido tenían mucho de viejos y la poca gloria caducada. Su salud se quedó resentida para siempre y todos aquellos cambios laborales y de hábitos hicieron de el un hombre taciturno, encorvado y resentido con la vida, situación que se agravó hasta degenerar en una úlcera de duodeno cuando una tarde al llegar a casa se encontró con una nota de su mujer, que después de 26 años de matrimonio, se había dado cuenta que lo suyo era el mundo de la farándula y se había largado con un titiritero (10 años más joven) a recorrer los festivales alternativos de marionetas por el sudeste asiático.

A Reme y Paco se les vino el mundo encima, los ahorros que habían conseguido después de trabajar 16 horas diarias, 6 días a la semana durante 28 años, pasaron a mejor vida cuando tuvieron que hacerse cargo de las hipotecas de sus dos vástagos, so pena de volverles a ver de vuelta en casa. No les quedó más remedio que solicitar un préstamo a su banco de toda la vida,  si,  el mismo donde trabajaba Juan, pero la crisis y la inminente absorción hicieron que las condiciones de concesión fueran tan leoninas que a los propietarios de La Esquinita no les quedó otra alternativa que vender la casa de la familia en Asturias y liquidar un paquete de acciones de la antigua Telefónica, para hacer frente a los gastos de la reforma.  4 meses y medio después del incidente de la mosca, La Esquinita volvió a abrir sus  puertas. Nueva barra, nuevas luces, nueva decoración, nueva cocina , pero ya nada volvió a ser igual, había perdido todo su sabor y la fidelidad de sus parroquianos. Por supuesto, la tortilla con huevina tenía una apariencia similar pero ni rastro de aquella tortilla pantagruélica de antaño. La reapertura fue una ruina.

En Enero del año siguiente consiguieron, y no sin cierta penuria,  traspasar La Esquinita a un chino del barrio, el mismo que se quedó con la sucursal del banco donde trabajaba Juan, y aunque te puedes  seguir comiendo una “auténtica fabada astuliana” , los más viejos del barrio siempre recordarían con nostalgia a La Esquinita original

Cuenta el único amigo que le quedó a Juan, que cuando se estaba despertando de la anestesia de la operación de la úlcera, repetía balbuceando una y otra vez , al tiempo que agitaba las manos como si espantara algo “La mosca….. fue la mosca……la culpa fue de la mosca”.

  • Jacinto Diez
  • Merche Lorenzo
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